El Abandono De La Especie

 

Desocupada la mente, afloran a la consciencia perfumes acicalados de complacencia. ¡Sí! Colores de armonía que no irritan; que dan sonrisa.

¡Al-eluyah!

¿Se puede… entrar a otra estancia, sin negar lo sufriente, lo doloroso? ¿Se puede simultáneamente complacerse? ¿Desocuparse y ocuparse a la vez… de ser, al menos, amable? Saludar. Preguntar –ya que se saluda- por la salud.

¡Una cortesía! ¡No hace falta ser cortesano!

¿Es tan difícil?

 

Y, sí: a la comunidad humana, cada vez le importa menos lo del otro. Y a veces lo disfraza como si fuera un “respeto”.

“¡Ah! No, no quiero… no quiero meterme en la vida del otro. No quiero…”.

 

Somos una especie. Ese falso respeto que conduce al aislamiento, que conlleva la retracción, el secretismo, lo absolutamente insolidario… ¡no tiene nada que ver con el respeto!

En el respeto, se acepta y se asume al otro; se le comparte, se le convive. No se le ignora.

Pero, a la individualidad sectaria –a pesar de entrar en globalizaciones y comunidades, etc.-, no parece importarle mucho algo que no sea lo propio.

 

Es un “llamado orante” hacia las posturas radicales que conspiran… y compiten sistemáticamente con cualquier posición que no sea la propia.

En el orden de la importancia personal, la ‘meritocracia’ busca sobresalir, pero en su feudo. Y cabría preguntarse:

“¿Qué mérito alberga el que se erige en sus propios condicionamientos? ¿No sería tal vez meritorio, el que fuera ensalzado bajo otros condicionantes que no fueran los suyos?”.

Pero no es así habitualmente. El individualismo sectario se jacta orgullosamente de su posición.  Pero, a la vez, no puede vivir sin la crítica y el ácido constante… para distinguirse del entorno.

¡Ay... si la Creación fuera así!

Simultáneamente nos trata, a cada ser, por su ‘debencia’ y su ideal, a la vez que nos coloca en la posición que nos corresponde… en el magma de la vida.

¡Ay!… ¡Qué poco –¡poco!- se ha aprendido!, qué poco se aprende de las muestras de la dinámica viviente; de los pactos, intercambios, colaboraciones, adaptaciones…

Nos dijeron que “la unión hace la fuerza”. Pero también nos dijeron que “divide y vencerás”. Y esa división conduce a la individualidad; a la desunión.

Y así la vida naufraga, como lo hace en estos momentos la gran barrera de coral, en Australia: el organismo vivo más grande que tiene la especie. Naufraga descolorido. ¡Muere! Apenas si un tercio se mantiene. Que si la contaminación, que si el calentamiento, que si el ciclón, que si… ¡Ahhhh!

¿Es posible… es posible que se hayan perdido las casualidades, las coincidencias, las sorpresas, la suerte…? ¿Es posible que los signos del Misterio hayan caído en un saco ¡roto, roto, roto!, y se hayan perdido? ¿Es posible que el llamado continuado y la advertencia permanente no tengan oídos que los escuchen?

¿Es posible… es posible que la prédica se quede en el desierto?

Resulta insólito escuchar más, más y más al eco y a la propia elucubración, que a la fuente desde donde viene el sonido.

A tal nivel de desconexión se llega, por los prejuicios –“pre-juicios”- preocupantes.

Así, cada cual –salvo excepciones- abandona al otro, al otro, a los otros… y, de momento, ¡no se siente abandonado! Pero luego lo sentirá, y culpará a los otros de su abandono.

Y así sucesivamente, la humanidad se precipita hacia un abandono de especie, hacía un abandono de comunión solidaria, hacía un ‘sectorismo’ y un sectarismo racista, xenófobo… que por una parte se denuncia, pero por otra parte se cultiva.

 

Nos dispusieron –y así estamos- integrados como un circuito, en una comunidad viviente. Y desde el momento en que un componente se erige en justiciero, todo el circuito integrado se desintegra.

Y el ser parece aún –¡aún!- no darse cuenta de que se está desintegrando… con la antorcha de su integrismo.

Ciertamente, los planes del Misterio Creador son inescrutables. Aún así, parece que se quisiera renovar, bajo otras perspectivas, lo que se desintegra.

Y a su vez, recrear en novedades… con lo que aún no está desintegrado; suficientes novedades como para gestar nuevas dinámicas de comunicación, de conjunción.

Sin… competencias. Sin… consecuencias. Con… novedades complacientes.

 

¿Importa –sería la pregunta culminante- qué? ¿Qué importa? ¿¡Qué es lo importante para usted!? ¿Qué es lo que le importa?

Y en consecuencia, lo que le importa, ¿cómo lo cuida?, ¿cómo lo mantiene?

¿¡Qué es lo verdaderamente importante para usted!? ¿Y cómo lo cultiva, cómo lo promueve?

¿Cómo lo ejemplariza? ¿¡Cómo lo muestra!... ahora?

***

TIAN

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