Se dice...

 

Se dice que es Grande, porque no… no sabemos de tamaños.

Se dice que es Infinito, porque no entendemos… los límites.

Se dice que es Omnipotente, pero no sabemos lo que es “potencia”. Tan sólo esgrimimos aparatos de reliquia.

Se dice que está en todas partes, ¡pero no sabemos… qué partes!, ¡de qué partes!, de dónde parte.

Se dice que es… ¡Santo! Y antes de los ‘antes’ de los santos, ya había.

Se dice que es Misericordioso. Y se dice eso, desde las miserias en las que la vulgaridad anima al ser en sus mentiras.

Se dice que… ¡que todo lo puede!, sin saber qué es lo que podemos –si es que se puede-.

Se dice que se le puede y se le debe pedir, porque ofrece y ¡da!, según –“según”-. Pero, ni siquiera se sabe pedir.

Se dice que hace ¡milagros!... ¡Y qué pronto se olvidan!

Se dice que… que es el dueño de la vida y de la muerte, del castigo y del premio. Y aún andamos intentando definir la vida; nada se sabe de la muerte; lo que para unos es un éxito, para otros es un fracaso; lo que para unos es un premio, para otros es un castigo.

Se habla de Ello… desde que recordamos la Historia.

¡Infinitud de imágenes! –¡infinitud!, sin saber lo que es “infinito”- se han hecho, se hacen –tallas, retablos, pinturas, esculturas-… en ese afán por materializar lo que trasciende a esa opción, y no la niega.

De tanto decir y usarlo como ¡espada!, la humanidad, de ello se olvida; y se afianza y se afianza en su burguesía, en su pequeña pleitesía, y entre unos y otros se distribuyen el poder, como cucarachas enfurecidas, inquietas, sin saber a dónde ir.

Se juega con criterios, con ‘aseguranzas’, con certezas que no lo son. Pero, como si de un laboratorio se tratara, se pactan unas condiciones; y, sobre ellas, con ellas y por ellas, se vive –o algo parecido-… y se valora, y se escribe, y se pronostica, se diagnostica, se futuriza, se dice que se avanza… y no se sabe hacia dónde.

Como en un gran huevo: todos metidos dentro. Con un inmenso cascarón azul. Pero, aún divisando –o quizás más: aventurando- otras perspectivas, lo seguro es estar dentro. ¡Tanta aventura fuera…! ¿Y si se rompe la cascara, qué habrá…?

 

Multitudes de ofrendas, de reclamos, de llantos, de rabias, de ofensas… se vierten sobre Ello continuamente.

Es la causa de todos los males; mientras la humanidad es la causa de las pequeñas bondades.

Se le teme por un extraño principio; tan extraño como… la negación que hace la especie, de abrirse a otros horizontes.

¡Hay…!, hay “algo” que nos permite sintonizar; que nos permite vibrar bajo la referencia de la existencia universal. Orar es la propuesta. Con estilo… de una renovación ¡sin cesar!, donde lo repetido se excluye, puesto que estamos en un viaje que no cesa; puesto que nos situamos en espacios diferentes… ¡¡que antes no estaban!! Pero, ¡es tan corta nuestra mira!, es tan estrecha la mirilla al otro lado de la puerta, ¡que no se ve!... nada más que una pequeñísima parcialidad. ¡Y llaman y llaman a la puerta!, nos asomamos a la mirilla, y nada se ve.

¿Qué se va a ver, ante la Infinita Grandeza? ¿Qué esperas ver… con esa hedonista pobreza que reclama ¡poder y gloria!?

Sabiéndome en otro lugar de infinitas proporciones –pero certero de que ha sido creado en cada momento-, ¡me sintonizo con esa referencia!, y, de inmediato, sueno distinto; me hago diferente en matices, en sensibilidades y en… ¡propuestas!

Desde el engaño se vive, y con él se ¡trafica!... se rumorea y se escenifica. Y se crean las condiciones precisas para quitar, poner, arreglar…

¡Nada que ver con la Verdad Infinita!: ésa que no se sabe desde dónde arranca, y qué fino hilo de infinita fuerza la proyecta, sin un “antes” y sin un “después”, sino con una eterna permanencia.

 

“¡¡Salid!… del claustro falso!”, parece gritar quien ora. Y no se sabría decir si el que ora es “Lo que Es”, o es ¡alguien! –o es alguien- ‘Lo que Es’.

“¡Salid del claustro de la mentira!; ¡de la verdad apañada, arreglada y manejada!

¡Abríos a la esperanza!; a la expectante llegada, continua y continuada, de nuevos espacios, de nuevos tiempos, de distintas velocidades.

¡Haceos vaporosos, relucientes y evidentes! Tan evidentes… que se despierte a “la videncia” –sin  especular, sin dominar-, como la verdadera opción de ver.

Que se quite… ¡que se quite la exigencia de estar sometido a la evidencia material, como el dogma universal! ¡Ay!... Ahí sólo hay soldados armados que imponen la voluntad de los disparos”.

 

Se pierde ¡tan rápido!... la novedad, la brillantez y el entusiasmo, que, ¡enseguida!, la fuerza de la gravedad –de lo grave que se está- lo convierte todo en mundano. ¡Sí!: en mondas de patata; en cáscaras.

Cualquier evolución o cambio se interpreta como costumbre y retroceso, y se quiere permanecer en una permanente pubertad ¡inquieta, sórdida, confusa, violenta! Y cuando se atisba una suave brisa de quietud –en  la que, el respirar, canta; en la que, el hablar, crea-, entonces, ¡tanta complacencia resulta inadmisible! ¡Se reclama de nuevo la potencia! ¡Se reclama de nuevo la exigencia! ¡Se vuelve a echar mano del músculo!; ¡de lo contraído!

Y rápidamente se entra en decrepitud anhelante de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Se entra a decir que se fue brillante, pero que cada vez se es más opaco. Y de tanto decirlo y creerlo, se termina viendo, ¡se termina comprobando!; porque es lo que se está mandando y ordenando desde la carcasa ¡retrógrada! de un pensar prepotente… tan exigente, que no sabe lo que exige, pero que ¡le encanta castigar!, ¡le encanta confundir!, ¡le encanta enfrentar!

¡Extraña especie!, que se gestó en una inexistente lucha por sobrevivir, por vivir, por combatir, por ganar. ¡Cuando resulta que todo estaba previsto!... para intercambiar, para suplir, para conjuntar, para conjugar, para sintonizar, para adaptarse, para plegarse, para conformarse, para ‘crear-se’… en nuevas proporciones.

Se creó la mística de “el más poderoso”; de la selección –como si de Dios se tratara- que elige a los capaces y ¡destruye a los inútiles! Cuando resulta que nunca fue así; que fue el conjunto de necesidades mutuas de “partículas de vivir”, que se necesitaban entre sí para poderse gestar en nuevas formas, proporciones, dimensiones, actitudes, y dar pie así a las necesarias mutaciones que ofrecieran ¡nuevas! –¡continuamente nuevas!- gestaciones; gestando, precisamente, una lozanía continuada y permanente… ¡que no decae!

 

Se hace de día, con la precipitada calma de una suavidad creativa.

Las palabras pretenden llevarnos; aligerar nuestra pesada carga de materia hundida; abrir espacios vacíos entre núcleos perdidos… ¡que se han secuestrado y amarrado a sí mismos!

Consciencias de oquedades vacías; ¡no de prietas porfías que se empeñan en golpear!

“Recuerdos”: recorridos para llegar, cuando ¡nunca se llega! Porque el sentido no es llegar; es ir… ¡Porque no hay metas!

Lo Divino carece de llegadas. No tiene puertos de atraque.

Y como mudas letras de “haches”, se esgrima cada oración: incidiendo en una referencia que no tiene punto fijo; ¡que no tiene!… sustento; que no precisa ¡nombre!; que es muda a nuestras palabras, pero no por ello deja de expresarse –al igual que nosotros cogemos la muda “hache” y la ponemos allí donde mejor esté, aunque aparentemente nada tenga que ver-.

Y en las oportunidades en que nos descubrimos como milagros encendidos, cuando en las oportunas ocasiones nos vemos como “infinitos presentes”, por esos lares –sin duda- estamos; y oramos. Y sabiendo el nivel equivocado, al menos se mira en todas las direcciones para encontrar el verdadero reclamo: ¡el que nos orienta hacia lo creado!; hacia lo recreador; hacia lo permanentemente innovado.

 

“Como nubes de vapor que vagan, que se airean, que llueven o nievan… o ¡nada!”

Quizás en ese símil… ¡nos veamos mejor!

Quizás haya que diluir la imagen permanente de mirarse al espejo, e imaginarse cómo nos ven desde el universo.

 

Se confirma el firmamento, aunque sea de día.

Que la luz cercana no impida la permanente visión de las estrellas.

TIAN

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